La predicación y la tarea del predicador como comunicador (Parte 2)

el

II. Su estilo

Ahora nos movemos al segundo punto de esta ponencia sobre el comunicador. La palabra estilo viene del latín “stilus”. Los romanos empleaban una especie de punzón llamado “stilus” para escribir sobre tablas. Era una manera de grabar pensamientos. A través del estilo, un escritor u orador comunica su mensaje. Costas dice:

“El estilo involucra el uso correcto de palabras arregladas y expresadas en una forma correcta”.11

“No puede el estilo separarse de las ideas ni del carácter mental del hombre”, dice Juan A. Broadus, “el estilo no es sólo el vestido, sino la encarnación del pensamiento”.12

El buen predicador se esforzará por mejorar su estilo. Procurará hablar un buen español evitando los barbarisimos del idioma. El idioma primero se aprende de oído. Los primeros cinco años de nuestra vida escuchamos a otros hablar, de ahí se debe nuestro acento étnico y la manera de pronunciar ciertas palabras. Por ejemplo los caribeños muchas veces pronuncian la “r” como “1”. Muchos en vez de decir “arma” dicen “alma”. En el conjunto de la oración se puede entender lo que la persona quiere decir.

En otras regiones latinoamericanas se omiten todas las “s” al final de las palabras. También se emplean muchos diminutivos que a veces son innecesarios. Tenemos que respetar y no criticar las expresiones idiomáticas de otros grupos étnicos. Pero no por eso descuidaremos la manera más correcta de expresarnos en la belleza y pulcritud de nuestro idioma español. En un anuncio radial escuchamos estas palabras: “No descuidemos el español, el legado de nuestros padres”.

El estilo no sólo tiene que ver con la pronunciación sino con la construcción gramatical. El idioma escrito y el hablado son muy diferentes en su articulación. Hay personas dichosas que pueden hablar así como escriben. Las reglas de acentuación son importantes tanto en el hablar como en la escritura. Pero las reglas de puntuación que en la escritura son imprescindible en el hablar no son tan necesarias. Aunque un buen orador sabe cuándo termina una oración para comenzar otra.

En la comunicación verbal no se habla en párrafos. No obstante las pausas y el empleo de frases y palabras apropiadas facilitan la comunicación. El predicador tiene que aprender a descansar mientras está predicando. Esto le evitará el quedarse ronco o afónico. Por otro lado al hacer pausas le dará descanso a los oyentes.

Un buen comunicador que habla en público es claro en su dicción, claro en sus ideas, sabe escoger figuras adecuadas de la retórica, sabe modular la voz y por medio de las palabras puede transmitir a sus oyentes lo que él en ese momento está experimentando. Cuando yo grabo para la radio me preocupo más por la manera en que pronuncio las palabras. La voz para la radio se mantiene a un mismo nivel. En público la voz sube y baja. Siempre preparo mis programas radiales con la ayuda de audífonos. Así puedo escuchar mi voz mientras grabo. Esto me ayuda a modular más correctamente. Los oyentes que escuchan por la radio prestan más atención a las pronunciaciones de las “s” y de las “r”, que aquellos que están presentes y delante de un predicador.

Hay predicadores que yo digo poseen el “don de poner a dormir”. Tienen sus notas preparadas y organizadas, pero en el momento de entregar el mensaje su estilo no los ayuda. Les hablan a una multitud como si les estuvieran musitando algo al oído. Ellos mismos no muestran el más mínimo interés en lo que dicen. Predican como si no creyeran lo que están predicando. Hablan del retorno de Jesucristo como si no lo estuvieran esperando. Enseñan de la oración como si no la estuvieran practicando. En realidad un predicador así no tiene mensaje. El entusiasmo en el orador es evidencia de que tiene algo para decir y lo está diciendo.

Ahora deseo citar algunas palabras de Spurgeon, que sé que pondrán a muchos de pie:

Los defectos físicos dan lugar a la duda acerca de la vocación de algunos hombres excelentes … Cuando el Señor se propone que una criatura corra le da piernas ligeras, y si se propone que otra criatura predique, le dará pulmones a propósito para ello. Un hermano que tenga que pararse en la mitad de una frase, para dar aire a sus pulmones, debe preguntarse a sí mismo, si no hay alguna otra ocupación que le sea más adecuada. Un hombre que apenas puede terminar una frase sin molestia, con dificultad puede ser llamado a “clamar en voz alta sin cesar”. Puede haber excepciones; pero ¿no es de peso la regla general? Los hermanos que tienen bocas defectuosas y una articulación imperfecta no están por lo común llamados a predicar el evangelio. Esto mismo se aplica a los hermanos que carecen de palabras o de un perfecto tono.13

Según Orlando Costas el estilo retórico se determina por la cultura, el contenido del mensaje y la personalidad del comunicador, en este caso del predicador.14

Por otro lado Costas nos dice que la clase de auditorio o congregaciones es otro factor en el estilo retórico.15 Las cinco congregaciones a las cuales se enfrenta un predicador son según él:

1. La que es apática

Es totalmente neutral al escuchar el mensaje. El predicador tiene que llamar la atención de ésta con la variación y con un mensaje del día.

2. La que es crédula

No rechaza la predicación porque cree en lo que dice el predicador. El tiene que vivir los diferentes personajes que predica y revelarlos ante la congregación.

3. La que es hostil

Desconfía tanto del predicador como de lo que está predicando. El predicador no puede ser agresivo, dogmático, controversial o entrar en polémicas. Debe evitar el hablar con el pastor antes del culto en la oficina. Tampoco debe dialogar con el ministro o con ningún otro en la plataforma.

4. La que duda

Le da trabajo aceptar lo que el predicador dice sobre esto o aquello. El debe estar bien preparado, documentar y dar pruebas de lo que dice.

5. La que es mixta

Es apática, crédula, dudosa y hostil. Esta es por lo general la congregación más común. El predicador necesita tener un estilo bastante variado, ser enérgico, estar bien documentado y tener gracia ante los oyentes.

III. Su voz

La voz es para el predicador lo que las tijeras son para el barbero o peluquero. Si algo debe cultivar y cuidar es la voz. Fluharty y Ross dicen de la voz: “Una buena voz es flexible y respondemos, teniendo suficiente variedad de acento, velocidad, y volumen para expresar no solamente los pensamientos del orador sino también su modo de ser, sentimientos y emociones. La voz debe ser apropiada a la edad, sexo y experiencia del orador. Debe ser suficientemente fuerte y con volumen para ser audible a los oyentes sin ser demasiado baja o irresistible. Debe ser clara y agradable, libre de asperezas, de problemas respiratorios o nasales, o de otros defectos como ruidosos. A los oyentes les gustan las voces que tienen una calidad agradable y simpática, que son adecuadamente ricas, llenan y son vibrantes y vivas”.16

Spurgeon en su libro de homilética dedica un capítulo completo al asunto de la voz. Allí presenta una serie de reglas que bien valdría la pena hacerle algunas aplicaciones propias.17 Y eso precisamente es lo que haré.

1. No se debe pensar mucho en la voz

El hecho de tener voz y de carecer de contenido en la predicación es como tener un automóvil sin gasolina. El buen predicador no sólo necesita tener voz, tiene que tener algo qué decir y saberlo decir.

2. No se puede dejar de pensar debidamente en la voz

La voz contribuirá en alcanzar los buenos resultados de la predicación en los corazones de los que escuchan. Dijo Spurgeon: “Hermanos, en el nombre de todo lo sagrado, repicad con todas las campanas de vuestra torre y no fastidies a vuestros oyentes con el ruido disonante de una pobre y cuarteada campana”.18

3. Hay que cuidarse de las afectaciones habituales y comunes

El lenguaje empleado por el predicador en el púlpito debe ser real, natural y con un tono verdadero. Al particular, dijo Spurgeon: “Estoy persuadido de que estos tonos y semitonos, y monótonos, son babilónicos, y que no pertenecen al dialecto de Jerusalén, porque éste tiene un distintivo especial que es a saber: que cada hombre tiene su propio modo de hablar, y que habla de la misma manera en el púlpito o fuera de él.”19

4. Hay que corregir las idiosincrasias de lenguaje desagradables al oído

Debe hablarse con la boca y no con la garganta. Hay que tener la boca bien abierta al predicar y no medio cerrada. Deben pronunciarse las palabras completas y no entrecortadas o pronunciadas en sílabas.

5. Hay que hablar para ser oídos

Debe hablarse con fuerza, con claridad, sin demasiada lentitud, tampoco con mucha rapidez y sin estar asfixiados. El predicador debe saber respirar entre pausas de manera natural sin que nadie se dé cuenta.

6. No debe usarse toda la voz en la predicación

El gritar mucho afecta los pulmones y la laringe. Las palabras de Spurgeon son apropiadas: “No hagáis doler a vuestros oyentes la cabeza, cuando lo conveniente sería hacer que les doliera el corazón. Cierto es que debéis procurar conservarlos despiertos, pero recordad que para esto no es necesario romperles el tímpano del oído”.20

El predicador no debe esforzar su voz. Si predica a cien personas, no necesita gritar para hablarle a mil. Muchos predicadores predican un sermón y luego por toda la semana no pueden predicar nuevamente. La razón es que ellos mismos trataron mal a su garganta.

No hace mucho un joven predicador ministró a nuestra congregación. Al final hizo un llamamiento al altar según nuestra tradición religiosa. ¿sabe qué pasó? Me tuvo que entregar a mí el púlpito porque se había quedado sin voz. El que llamó a los enfermos para orar por ellos, ahora necesitaba la oración de sanidad por su garganta.

Hay muchos predicadores que se creen que la unción en la predicación está en los muchos gritos o en las carreras que den por la plataforma. Cuando el hombre o la mujer tiene un mensaje de Dios y lo ha preparado para entregarlo, no necesita la unción de la gritería sino la unción del Espíritu Santo.

7. Debe variarse la voz

El predicador debe bajar y subir la voz según lo sienta hacer durante la predicación. Personalmente yo subo y bajo la voz conforme a como lo voy sintiendo. Nunca ensayo cuándo, dónde y cómo subir o bajar la voz. Spurgeon decía:

“Y estoy seguro de que la enfermedad a que se le llama el dolor clerical de garganta, se puede atribuir generalmente al modo de hablar de los ministros, y no al tiempo empleado por ellos en predicar, ni a la violencia de los esfuerzos hechos por ellos”.21

8. Debe acomodarse la voz a la naturaleza del asunto

La voz debe estar en armonía con la predicación o la situación. Spurgeon mismo admitía que al viajar por Escocia o Gales, por algunas semanas, su pronunciación se afectaba. Existe la tendencia natural en el ser humano de imitar lo que otros hacen y su manera de hablar. El predicador debe ser original. Antiguamente decíamos que las copias nunca salen claras. Hoy día las máquinas copiadoras ofrecen un mejor servicio, pero siempre las copias pierden su calidad.

9. Debe educar la voz

El predicador debe hacer ejercicios para tener más fuerza en su voz y mantenerla más clara. Los pulmones y el pecho son importantes para dar fuerza y volumen a la voz, ciertos ejercicios son provechosos para lograr este fin. Por ejemplo, el leer en voz alta enfrente de un espejo ayuda mucho a lograr una buena adición, modulación y proñunciación.

10. Debe cuidar la garganta

El predicador antes de predicar debe higienizar bien la garganta. Un enemigo de la garganta mientras se predica son los ventiladores, un aire frío que entre por alguna ventana, o beber agua fría. Los antisépticos bucales ayudan mucho al cuidado de la garganta, ya que eliminan las bacterias que se desarrollan en las membranas de la misma.

 

Fuente:  Kittim Silva, Manual Práctico de Homilética (Maimi, Florida: Editorial Unilit, 1995), 41–47.

__________________________________

11 Ibid., p. 184.

12 John A. Broadus, Tratado sobre la predicación. Casa Bautista de Publicaciones, p. 203.

13 Spurgeon, Discursos a mis estudiantes, p. 60.

14 Costas, Ibid., pp. 184–185.

15 Ibid., pp. 184–186.

16 George W. Fluharty – Harold R. Ross, Public Speaking. Barnes & Noble Books, pp. 157–158.

17 Spurgeon, Discursos a mis estudiantes, pp. 195–226

18 Ibid., p. 197.

19 Ibid., p. 200.

20 Ibid., p. 206.

21 Ibid., p. 214.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s