La predicación y la tarea del predicador como comunicador (Parte 1)

Comenzaré este capítulo estableciendo como axioma que la predicación es comunicación. El escritor Myron R. Chartier ha dicho sobre la comunicación:

Algunas teorías definen la comunicación como la transmisión de información, ideas, emociones y destrezas, por el uso de símbolos, palabras, cuadros, figuras y gráficas. En este sentido predicación sería transmisión de un mensaje de Dios, palabra de Dios, por el predicador al feligrés.
Otras teorías de la comunicación explican ésta como el vehículo por el cual el poder es ejercido. Desde esta perspectiva, predicación es ejercitar influencia social o control, en la cual el predicador trae o busca traer las creencias, actitudes, valores y comportamientos de los oyentes en conformidad con la Palabra de Dios.1

Por lo tanto, la buena predicación es aquella que apoyada sobre el vehículo de la homilética, puede llevar un mensaje a su oyente inmediato. La buena comunicación es recíproca, establece diálogo e influencia sobre los oyentes. Siempre tiene un “para qué” y un “por qué”.

Ante esta realidad es entonces necesario que entendamos algo sobre la comunicación y el comunicador, que en este caso lo será el predicador. Predicar es revelar la voluntad de Dios a través de un predicador al oyente. Esto es predicación hablada, porque también tenemos predicación escrita.

El predicador es aquel que ha sido llamado a comunicar un mensaje de Dios. Por decirlo así es Dios, que a través de una PERSONA o sea el predicador, se comunica con PERSONAS, o sea los oyentes.

La comunicación exige que haya un mensajero, un mensaje y un receptor. El mensajero es el predicador con un mensaje basado en la Palabra de Dios que va dirigido al oyente que es el receptor. Consideremos al predicador como comunicador.

I. Su personalidad

Se define la personalidad como: “Carácter original que distingue a una persona de otra”. La personalidad suya y la mía nos hace únicos y distintos de cualquier otro ser humano. Por algunos años fui agente de seguros de vida. Durante esos años aprendí que un buen vendedor es aquel que vende primero su personalidad. Con nuestra personalidad atraemos o repelemos, interesamos o desinteresamos, damos credibilidad o despertamos dudas.

1. Un buen comunicador es sincero

No niego que personas no sinceras hayan tenido algún éxito como comunicadores. Pero el mismo ha sido de corta duración.

Los mejores comunicadores son aquellos que han transmitido sinceridad a sus oyentes aunque hayan estado equivocados. Por algunos años he estado ministrando a través de la radio. Soy anfitrión del programa evangélico “Retorno”. Muchos se han identificado conmigo por medio de la voz. Algunos me han dicho: “Hermano, cuando usted habla yo sé que es sincero. Pero otros en la radio me dan la impresión de que no lo son”. Sencillamente, esta clase de oyentes captan sinceridad en algunos comunicadores y en otros no.

El mentir, exagerar, adular, impresionar, y estar vendiendo la imagen con el fin de convencer a los oyentes, es algo indigno y falta a la ética de la comunicación. No se necesita tener que inventar historias para buscar la atención de los oyentes. El emplear una voz artificiosa para ganar la simpatía emocional de los oyentes como instrumento de manipulación comunicativa es inaceptable y detestable en un predicador del evangelio de Jesucristo.

Un predicador debe ser sincero en lo que dice, cómo lo dice, lo que hace y cómo vive. Al pueblo de Dios no se le debe engañar con cifras infladas de conversión, poniéndose el predicador como el héroe de las predicaciones. Hay que huir del exhibicionismo clerical y evangelístico.

Spurgeon decía: “Llegar a parecer muy fervientes en el púlpito, no significa gran cosa a menos que vivamos mucho más intensamente cuando estamos a solas con Dios”.2

2. Un buen comunicador es emocionalmente maduro

La ambivalencia emocional del comunicador es un obstáculo en el proceso de la comunicación. Personas que sufren de los nervios o que se descontrolan emocionalmente no deben ser comunicadores. Con mayor verdad predicadores. La salud interna es necesaria para la predicación eficaz.

Aquellos que poseen personalidades quebrantadas no están capacitados ni maduros para predicar el evangelio a grupos de oyentes. Por personalidades quebrantadas me refiero a la falta de estabilidad emocional. Las depresiones agudas, el mal genio, el temor continuo, el sentido de culpa irreal, el complejo de inferioridad, el miedo a la crítica, el no aceptar la oposición, el abuso de autoridad, el miedo al fracaso, el no aceptar retos y muchas otras cosas más.

3. Un buen comunicador es aquel que tiene autocontrol de sus sentimientos

Por ejemplo: Spurgeon experimentaba muy a menudo depresiones que podían durarle varios meses. Pero se descubre al leer sus sermones, que eran predicados de notas, y luego tomados en taquigrafía mientras los comunicaba, que en los mismos no hay indicio alguno de su estado sentimental.

Muchas predicaciones a veces son un simple ejercicio terapéutico para el predicador. Es difícil separar al mensajero del mensaje, al predicador del sermón, pero un buen comunicador aprende que para ser efectivo tiene que haber una dicotomía entre sus sentimientos y el mensaje bíblico. De lo contrario su comunicación estará distorsionada y no será eficaz.

El predicador que deje que sus sentimientos afecten la tarea de la predicación, presenta un mensaje distorsionado. Cuántas predicaciones explosivas saturadas de ira, prejuicios, falta de amor y aun odio son escuchadas desde muchos púlpitos evangélicos. El doctor Luciano Padilla Jr., un príncipe del púlpito en Nueva York, ha dicho:

“Cuando me siento disgustado o molesto con la congregación no le predico. Lo que hago es invitar a otro que predique. Porque sé que en un estado como ése diré cosas de las cuales luego me arrepentiré de haberlas dicho, pero el daño ya está hecho”.

Muchos desde el púlpito dicen a otros lo que no son capaces de decirle personalmente o en privado. Sobre esto Spurgeon dice: “Sin embargo no permitamos que nuestra predicación directa y fiel degenere en regaños a la congregación. Algunos llaman al púlpito “castillo de los cobardes”. Tal nombre es propio en algunos casos, especialmente cuando los necios suben e insultan impúdicamente a sus oyentes, exponiendo al escarnio público sus faltas o flaquezas de carácter. Hay una personalidad ofensiva, licenciosa e injustificable que se debe evitar escrupulosamente, es terrena y debe ser condenada explícitamente: Pero hay otra que es prudente, espiritual y celestial, que se debe buscar siempre que prediquemos”.3

4. Un buen comunicador es aquel que da atención a ciertos factores de su personalidad

Orlando Costas dice:

“El predicador necesita, por tanto, preocuparse por lo que va a decir y por la manera cómo lo ha de decir; de lo contrario puede que predique una cosa y comunique otra”.4 Luego Costas añade: el predicador debe ser “tan importante como el sermón”.5

El predicador según Costas tiene que considerar su relación con Dios, con su yo, con la Escritura y con el mundo.6

El primer factor es su relación con Dios. Aquel que ha sido llamado a la tarea de la predicación tiene que haber tenido una experiencia verdadera de salvación. Su ministerio se caracterizará por la sumisión voluntaria al señorío de Cristo. Jesús tiene que ser Rey y Señor de la vida del predicador. No se puede predicar un evangelio a otros que no ha sido experimentado por el que lo predica. Aquellos que son proclamadores del evangelio tienen que haber sido transformados por el contenido del mismo. De lo contrario ese predicador será “como metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13:1).

El predicador no puede ser un signo de interrogación en el ejercicio de la predicación. Lo que predica debe estar en armonía con lo que practica (Ezequiel 3:3–4; Apocalipsis 10:9–11). Lo que predica el domingo lo vive toda la semana.

La falta de unción en la predicación es el resultado de la ausencia de comunión entre el predicador y Dios. Spurgeon dijo:

“No debe conformarse con caminar al mismo paso que las filas del común de los cristianos; es preciso que sea un creyente maduro y avanzado, porque los ministros de Cristo han sido llamados con toda propiedad, lo más escogido, lo selecto de la iglesia”.7

El segundo factor es su relación con el yo. El modelo interpersonal de conceptualización conocido como “La ventana Johari” ayuda a conocer el proceso de persona a persona. El nombre Johari encierra la suma de los dos exponentes de este principio Joseph Luft (Joe) y Harrington Ingham (Harry).8

La ventana Joharilse divide en cuatro áreas dentro de un cuadrado que responden a lo que yo sé de mí; lo que yo no sé de mí; lo que otros saben de mí y lo que otros no saben de mí.

Conozco

Desconozco

Conoces

Abierto

Ciego

Desconoces

Escondido

Desconocido

En la primera área de lo abierto se encuentra lo que compartimos con otros. Lo que nos interesa que otros se interesen de nosotros. En la segunda área de lo ciego, están aquellas cosas que otros descubren en nosotros, pero nosotros las desconocemos. La evaluación de las mismas hacen que otros se formen de nosotros su propia opinión.

En la tercera área de lo escondido tenemos aquellas cosas que sabemos de nosotros mismos pero las escondemos de los demás por diferentes razones. En la cuarta área de lo desconocido hay información sobre nosotros que no conocemos, pero otros tampoco conocen.

En resumen hay en nosotros un yo abierto, ciego, escondido y desconocido. A medida que una persona confía más en otra su yo se hace más vulnerable al revelar más de sí misma.

En una situación de comunicación la reacción (observación sentimientos) de otros nos ayudará a superar y ver dentro de nuestra área ciega.9

El tercer factor es su relación con la Escritura. El estudio sistemático y directo de la Biblia no se puede substituir con la lectura de libros que traten sobre ésta.

El predicador debe leer más la Biblia y conocerla, que el creyente promedio de la congregación. Es una tragedia el encontrarnos con tantos predicadores que bíblicamente son analfabetos. No conocen su Biblia, ni tampoco la saben emplear. A éstos se refirió Pablo cuando dijo:

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. 2 Timoteo 2:15, RV-77

El predicador debe cuidarse de no caer en bibliolatría. La Biblia no es un objeto para adorarse sino para beneficiarnos de ella en su lectura y beneficiar a otros cuando se predica o enseña. La mayoría de los predicadores jamás han leído la Biblia completa. Un gran porcentaje de los mismos no le han dado lectura a todo el Nuevo Testamento. No olvidemos que la Biblia es el libro de texto del predicador.

El sacar textos de la Biblia con las pinzas de los criterios propios, no sólo es impropio, sino que revela la falta de reverencia a ésta. Todo texto bíblico debe ser considerado a la luz de su contexto inmediato y posterior.

El predicador que no ama la lectura habitual de la Biblia, es de aconsejarle, que se retire de este ministerio de la predicación. Es mejor ser un buen oyente que ser un predicador carente de contenido bíblico. Los predicadores mediocres son el mayor obstáculo en la proclamación del evangelio.

Muchos predicadores dan vergüenza en la manera como emplean el texto bíblico. Se inventan pasajes bíblicos y los canonizan dentro de la Biblia. Peor aún es la manera tan sutil como mutilan la Biblia en sus predicaciones. Son más “costureros” que predicadores.

El predicador tiene que sacar un tiempo dedicado a la lectura devocional de la Biblia. Es preferible que lo haga en las horas de la mañana. Pero esto no quita que de no serle posible, sea la razón que tenga, lo puede hacer en horas de la noche. Su amor a la Biblia le dará más contenido en su tarea de proclamación.

El cuarto factor es su relación con el mundo. El creyente está en el mundo pero no es del mundo (Juan 17:12–18; Santiago 4:4). De manera más clara, el creyente aunque coexiste con el mundo, no convive con el mundo.

Su separación con las normas y valores que en el mundo entran en contraposición con los intereses del Reino revela su posición cristiana (Daniel 3:15–21; 6:10; Hechos 4:17–20).

El predicador del evangelio no se puede dejar asimilar por las tentaciones del mundo, ni venderse a las ofertas que éste les hará.

Un predicador puertorriqueño el Reverendo Rafael Torres Ortega ha dicho; “Los hombres y mujeres de Dios son de una sola pieza”.

Por otro lado el predicador no puede ser un avestruz clerical. Tiene que conocer al mundo al cual se le ha comisionado predicar (Marcos 16:15). Debe tener en su maleta ministerial algún conocimiento de antropología, sociología, psicología, teología y entender algo de la cultura de otros grupos étnicos. El no sacar tiempo para conocer la cultura de otros, obstaculiza al predicador en su tarea de la predicación. Costas le llama a la cultura la “herramienta comunicativa” del hombre.10

En el pasado, muchos misioneros cayeron en la falta de estar predicando un evangelio cultural. Antes de evangelizar al pueblo que ministraban, los culturizaban. A eso se debe que la religión naya sido rechazada, especialmente el cristianismo, porque se prestaba a ser un instrumento que facilitaba la opresión y la explotación. Jesús y su evangelio son transculturales. El mensaje cristiano no puede tener barreras culturales. En los anales genealógicos del Señor Jesucristo encontramos cuatro mujeres: Tamar (Mateo 1:3 ef. Génesis 38); Rahab (Mateo 1:5 ef. Josoé 2:1–7); Rut (Mateo 1:5 ef. Rut 1:4) y Betsabé (Mateo 1:6 ef. 2 Samuel 11 y 12). De estas mujeres Rahab había sido prostituta y era cananita. La otra Rut era moabita (léase Deuteronomio 23:3). Nuestro Señor transcendió las barreras culturales por medio de su descendencia. A lo largo de su ministerio lo encontramos derrumbando muros culturales y étnicos en Su misión salvadora (Marcos 7:26 ef. Mateo 15:22; Juan 12:20–26; Juan 4:9).

Lo más interesante es que en el Nuevo Testamento no se describe la apariencia física de ninguno de los apóstoles ni del Señor Jesucristo. La imagen de un Jesucristo rubio, de ojos azules y de figura atlética no es bíblica, nació de la mentalidad de pintores medievales.

En la epístola apócrifa Los Hechos de Pablo y Tecla se da una descripción de Pablo: “A lo lejos ellos vieron a un hombre viniendo (llamado Pablo), de baja estatura, calvo (o afeitado) en la cabeza, muslos virados, piernas hermosas, ojos hundidos; tenía una nariz virada; lleno de gracia; algunas veces se parecía a un hombre, otras veces tenía la semblanza de un ángel” (verso 7).

Un romano llamado Publius Lentulus, escribiendo al Senado romano dio una descripción de quien supuestamente era Jesús: “un hombre de estatura más bien alta; su pelo es de color castaño oscuro; ojos claros, que se desvían hacia afuera y abajo al modo oriental, cabello rizado que le cae sobre los hombros; y en medio de la frente lleva el pelo partido hacia cada lado; su frente es despejada y delicada; su rostro no tiene manchas ni arrugas, de color rosado subido; su nariz y boca curvadas; la barba espesa, del mismo color que el cabello, y no muy larga. Los ojos son grises, vivos y de mirada clara”.

Esta descripción de Lentulus en cuanto a la apariencia física de este supuesto Jesús está en armonía con una pintura de mural del siglo V, que existe en la catacumba de Pedro y Marcelino en Roma.

De ninguna manera deseo que el lector vaya a pensar que enseño que Jesús haya sido así. Pero consideré interesante compartir con usted esta información. Ya que creo que son las descripciones más antiguas que se puedan tener de Jesús y de Pablo.

El apóstol Pablo dijo:

Yo no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Gálatas 3:28

Donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos. Colosenses 3:11

Notemos esa última declaración: “Cristo es el todo, y en todos”.

El predicador necesita sentarse en el lugar donde están sus oyentes. Es decir necesita conocer sus inquietudes, sus necesidades, sus motivaciones, sus aspiraciones, su miseria, su dolor y todo aquello que los pueda afectar.

En Ezequiel 3:14–15 leemos:

Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí. Y vine a los cautivos en Tel-abib, que moraban junto al río Quebar, y me senté donde ellos estaban sentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos. (Compárese con Job 2:11–13 e Isaías 6:5)

La gran diferencia entre un teólogo y un predicador radica en ese hecho de identificación. El teólogo se encierra en su cuarto de estudio o en la bibioteca y desde allí comienza a hacer teología. En cambio el predicador se sienta en medio del pueblo, y a la luz de su situación existencial reflexiona en la Biblia.

 

Fuente:  Kittim Silva, Manual Práctico de Homilética (Maimi, Florida: Editorial Unilit, 1995), 30–40.

 

_________________________________

1 Myron R. Chartier, Preaching As Communication. Abingdon Preacher’s Library, p. 13.

2 C.H. Spurgeon, Un ministerio ideal (2. El pastor-Su mensaje). Editorial El Estandarte de la verdad, p.25.

3 C.H. Spurgeon, Discursos a mis estudiantes. Casa Bautista de Publicaciones, pp. 154–155.

4 Orlando Costas, Comunicación por medio de la predicación. Editorial Caribe, p. 158.

5 Ibid., p. 158.

6 Ibid., p. 158.

7 Spurgeon, Discursos a mis estudiantes, p. 16.

8 Myron R. Chartier, ob. cit., pp. 30–32.

9 Ibid., p. 32.

10 Costas, Ibid., p. 163.

 

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