Predicadores

En 2 Corintios 5:20, Pablo presenta un segundo fundamento para su autoridad como líder, cuando dice: “Como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: ‘En el nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios”. El líder cristiano es esencialmente un heraldo de Dios y la predicación y enseñanza de la Palabra son los ministerios más sublimes. La predicación y la enseñanza fueron la prioridad más alta de los apóstoles, así como lo fue en el propio ministerio del Señor (Mr. 1:14). La proclamación del mensaje de reconciliación debe ser la tarea fundamental del ministerio de todo líder cristiano que pretenda servir con integridad. Esto es así si tomamos en cuenta tres factores:

La importancia de la predicación. En el Nuevo Testamento el grupo de palabras relacionadas con la predicación está entre los más significativos desde el punto de vista teológico. El concepto de la predicación está en el corazón mismo de la fe apostólica y recorre casi cada página del Nuevo Testamento. Pablo se sentía orgulloso de calificarse como “heraldo y apóstol” y “maestro a los gentiles” (1 Ti. 2:7). Además, a lo largo de la historia del testimonio cristiano, la predicación ha jugado un papel fundacional en la obra de la iglesia. La predicación y la enseñanza de las buenas nuevas tocantes a Cristo sigue siendo la responsabilidad número uno del líder cristiano íntegro.

La autoridad en la predicación. El heraldo en tiempos del Nuevo Testamento era un miembro de la corte real y un vocero de un príncipe o rey. Estos heraldos llevaban un cetro o sello real para indicar que lo que decían lo decían con la autoridad misma del rey. Los apóstoles se consideraron como enviados por el Señor para comunicar en su nombre un mensaje de vida. Estaban convencidos de que cuando hablaban lo hacían de parte del Rey Jesús, y que cuando lo hacían con integridad era como si él mismo estuviese hablando (“como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros”, 2 Co. 5:20). Los líderes de hoy necesitamos recuperar esta confianza y crecer en la convicción de que nos presentamos ante el mundo en el nombre y con la autoridad de Cristo el Señor.

El poder de la predicación. Frente a un mundo incrédulo, agnóstico y relativista, el líder cristiano necesita aferrarse no al poder de su elocuencia o recursos retóricos sino al poder de la Palabra que proclama. La Palabra de Dios es “viva y poderosa” y jamás vuelve vacía (He. 4:12, 13). Es hora que los líderes cristianos tomemos en serio esta verdad y nos plantemos frente al mundo y la iglesia con un mensaje que no es expresión de nuestra inventiva o ingenio, sino que es “poder de Dios para la salvación de todos los que creen” (Ro. 1:16).

David Fisher: “Nosotros somos personas sacramentales que llevamos en nuestro ser y palabras el poder mismo de Dios. Nosotros somos bendiciones de Dios al pueblo del Rey. En el mundo bíblico, las bendiciones eran mucho más que palabras bonitas. Ellas llevaban el peso de la eternidad porque eran pronunciadas en el nombre del Dios Altísimo. Esto es lo que nosotros los líderes somos y hacemos. Somos enviados por el Rey a bendecir a su pueblo con nuestras palabras y acciones”.

Fuente

Pablo A. Deiros, Liderazgo Cristiano, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 162–163.

 

 

 

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